Los Ancianos. – una distopia de Julián Sánchez.

Julián Sánchez nos trae una historia real que nos gustaría convertir en fantasía, sus personajes son Carmen y Pepe. Dos ancianos que han vivido más distopias reales de las que necesitaban.Una historia que, si no la hubiésemos vivido, seria propia de la ciencia ficción.


Ver a los ancianos tomando el sol en un banco del parque, o de una avenida es una estampa adorable.

Están allí a las ocho de la mañana, o a las doce del mediodía, o a las nueve de la noche, que hay que aprovechar…

Pero vamos a ver, cernícalos, ¡¡¡que sois pacientes de riesgo…, que en las residencias estáis cayendo como moscas…, que vais a pillar lo que no tenéis…!!!

Pero es igual, ellos dicen aquello de:

“A mí, que he hecho la guerra, me va a ganar un bicho que encima no puedo ni ver, y mira que veo poco,”

Y se quedan al solecito, y les importa un bledo todo, hasta que llega una pareja de policías y les dicen, con mucho cariño que tienen que irse a casa.

-¿Y eso por qué…? Pregunta un anciano.

-Pues porque estamos en una situación de pandemia, y tenemos que estar confinados, además, usted es una persona de riesgo…

-Mira muchacho, en primer lugar, a mí de aquí no me sacas ni con disolvente, es el mejor sitio para tomar el sol, y si me voy, viene el Paco, y no me deja sentarme más. En segundo lugar, yo no soy peligroso, ni tengo riesgo de ese, en tercer lugar, vosotros también estáis en la calle, y, en cuarto lugar, yo, que he hecho la guerra…

A lo que los dos policías se miran, lo saludan y se van, porque mañana seguramente estará Paco, porque Juan, que es el de hoy, tiene muchos números para estar en el Hospital.

Pero a veces me pregunto qué tiene la senectud para que todos piensen que son Inmortales, o que se morirán mañana, porque encontramos los dos extremos con gran facilidad, y hasta incluso en la misma casa

-Carmen, que me voy a tomar el sol.

-Para Pepe, que no se puede salir…

-¿Cómo que no…?, si ya estoy en la puerta…

-Pepe, que ahí fuera hay un virus…

¿Y qué…?, también sería casualidad que, para uno que hay, me tocase a mí…

-Pepe que no, que es un bicho muy malo, que Mercedes, mi amiga, la que está en la Residencia lo ha pillado…

-¡Ves…, ves…!,ya lo ha pillado ella, a mí ya no puede hacerme nada, ya no hay bicho.

Y la pobre Carmen lo ve marcharse con el corazón encogido, porque no lleva guantes, (es que me sudan las manos con el sol…), ni mascarilla, (es que no me puedo sonar los mocos…), eso sí, la gorra no le falta, por la calva no le va a entrar….

Y ella cierra la puerta, va al lavabo, se lava las manos dos veces, se cambia el calzado y se echa gel hidroalcohólico porque va a tocar unas pechugas envasadas, y a pesar de que les ha pasado un trapo con agua y lejía, no se acaba de fiar, se pone un delantal de plástico y guantes que le trajo alguien, azules, muy monos, y se pone a rebozar las pechugas, cerrando la ventana, aunque hace calor, pero ese bicho no entra mientras ella pueda.

Es una narración con todo el cariño del mundo, ya que no tengo familiares con los que comparar a Pepe, a Paco, a Juan o a Carmen, pero mi mujer si tiene a sus tíos de 90 años. Que son responsables hasta un grado inusual, y que cumplen las normas, porque saben que se protegen, y protegen a los demás.

Hay muchos Pepes, Pacos y Juanes, lo triste es que cada vez hay menos, porque al volver a casa, le dijeron a su Carmen:

-“Vida mía, no me encuentro del todo bien…”

Y Carmen llamó al consultorio, y le enviaron una ambulancia, subieron dos personas, o al menos lo parecían, se llevaron a Pepe y a ella le dijeron que no podía salir, que la llamarían para controlarla y para decirle como estaba Pepe,

Ha estado un mes y medio llorando, viendo a Pepe en una tableta que le dio su hija, a la que tampoco puede ver, y vio a Pepe con muchos tubos, con muchas cosas, y ha llorado otra y otra vez, sin poder agotar las lágrimas.

Hoy le han dicho que Pepe está mejor, y que dentro de dos días lo traerán a casa, y ella se arregla, se pone aquel vestido que se compró y nunca estrenó, y espera, ilusionada en la puerta, para verlo entrar, luego, al llegar no se atreven a darse un abrazo, y se miran con ese cariño de más de sesenta y cinco años, y él la mira y dice:

“Pues hace solecito, pero hoy no voy a bajar al parque”.

Julián Sánchez. 2020.

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